Poner el cuerpo hipersexualizado, hiperjuzgado e hiperexhibido todos los días en la calle, en la parada del bondi, en el trabajo, en reuniones, en escenarios, en pantallas, al servicio de un mundo tan cruel con nosotrxs, no es algo fuera de lo común en nuestra vida cotidiana. Esto significa que pudimos acostumbrarnos, y tan acostumbrades estamos, que tuvimos que negociar tratados de silencio y sumisión, que no implica rendición, y que sorpresivamente se sostienen con una inminente pulsión revolucionaria desde las entrañas, desde los úteros ausentados, negados, juzgados, atrofiados. Desde las sobras del festejo. Como si fuésemos estrellas fuera de la luz, pero en lugar de eso siendo potenciales dueñas del universo, casi como un presagio: traemos un mensaje, traemos un llamado, nos decimos. Cada vez que sentimos miedo, también sentimos rabia, sentimos que nos arde el corazón y ese cuerpo se prepara para otro día igual, y así en bucle infinito, el cual va desgastando, a...